viernes, 17 de septiembre de 2010

Su mundo.

La casa es su mundo, y qué importa lo de adentro, si como cambian los días, cambian los muebles. Lo de adentro siempre se renueva, las ventanas como ojos ven pasar las modas reflejadas en las sillas, de roble, de madera, de acero y tapizado. Los cuadros dejan las manchas, espantosas, en el viejo tapizado que permanece intacto, aunque con las puntas dobladas, desde hace más de 50 años.
La misma puerta y las mismas ventanas. Fueron testigo de los amores (o no tanto), de las peleas, de cada mosca en los cálidos Diciembre que pasaron, cada nueva cortina, cada intento por renovarse, aunque no muy acertado, porque todas formaron al final un arco iris que ni se atreve a asimilar el viejo empapelado cepia. Las ultimas fueron blancas.
La misma puerta y las mismas ventanas. Cuánto invitado recorrió el comedor, pasando por la cocina al final de la casa o desde la entrada en el living, quien vio 3 o 4 sillones nuevos pero pasados de moda, que tampoco combinaban con la pared, quien junto con la puerta y las ventanas aun permanecen allí desde el día cero. Los tres protagonistas distribuidos en los puntos sur este y norte de la casa. Abrieron y cerraron sus ojos miles de amaneceres; cuántas tazas de café que fueron compartidas. Los invitados han sido varios, amantes y amigos se sentaron en las sillas (cuántas han pasado) , y ninguno volvió. A pesar de ello, todos tienen un punto en común, ellos, los amigos, los amantes, los habitantes y los que vendrán. Porque, ¿qué importa el interior? si las cortinas cambiaron, las sillas y las mesas, ni que hablar de las modas, desde la ropa a lo electrónico (¿qué significaba aquello en el día cero?) que se rompe, que no sirve, que se marcha con otro destino para volver a ser usado, ollas gastadas, y no tanto, porque algunas, acá, girando la cabeza, siguen estando, evapora el mismo olor que hace 50 años (de eso hablaban cuando dijeron "de generación en generación"). Y entonces no importa el interior, porque mañana no está, si lo que importa es lo de afuera podría haber un vacío que no importe, que el eco consuma las paredes hasta desgastar el papel cepia (que no hoy puedo verlo de lo espantoso que es), que el papel sea un espejo cuando el interior esté vacío, y que el silencio se haga eco en los vidrios sucios de las ventanas, que abren sus ojos claramente cuando nace el año nuevo. Mucho más allá del interior, la rosa recubre la casa, las amapolas están debajo y quien sabe cuántas más.
Si al fin al cabo el interior es nada, lo de afuera lo es todo. El factor común entre todo el furniture, las idas y vueltas, las visitas y las amapolas, rosas, es la entrada. Si no hay entrada al mundo, no hay mundo, o está mucho más allá de lo que podemos ver, o es un mundo vacio al que nadie pudo entrar para llenar. Tomando el acceso oeste, el verde es el principal conector. Y tomando el acceso norte, está el centro. La entrada, que también se vio inundada de modas y grietas, abre no solo una puerta, ni dos, es lo que nunca dejará. No hay mueble que funcione tan bien como la entrada. Es la cama, es la mesa y la heladera, es el recibidor, y el jardín, la pileta y el baño. La entrada es el comienzo y el fin de la visita, la entrada no es la salida, es la entrada que le sigue a la anterior, es la que te ve llegar y partir, conoce los 360 grados, de frente, de costado, el otro costado y atras. Son diez, quince, veinte. No más. Segundos. Los que te ve. No más. Segundos. Un scanner completo que quizás nunca mas vuelva a repetirse. No todas las visitas vuelven. Algunas cosas entran y nunca salen. La semana pasada vio llegar algo nuevo. Hace 7 meses vio llegar una visita. Que se quedó, la vio salir varias veces pero se quedó tanto tiempo adentro que dejo de ser visita, no visita, visita la calle, no la casa, pero fue cambiando, la vio crecer, vio crecer la entrada y la entrada la vio crecer. Nos vio crecer. Y vio crecer a la calle.
A la rajadura también la vio crecer. Cuántas cosas vio. Silenciador. Testigo inamovible de la corta calle cerrada a las que pocos saben llegar, y pocos son los que vuelven. No muchos son los que la visitan, más son los que la ven amanecer y caer.
Cerrando la persiana, entrecierra sus ojos y espera la visita de mañana.

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