viernes, 17 de septiembre de 2010

Volver.

La tierra que elegimos como propia puede no ser aquella en donde nacimos ni donde nos criamos. Puede no ser la que más frecuentamos ni donde más amigos tenemos, pero la sentimos nuestra. Y volver a nuestra tierra enreda sentimientos únicos que sólo conoce quien tuvo la experiencia de volver.

Los recesos son sanos, muchas veces agradables y casi siempre necesarios. Pero la sensación de volver a casa no tiene igual. Es sencillamente único el último suspiro que dejamos en el aeropuerto o en la terminal de ómnibus sabiendo que en tan solo algunas horas estaremos nuevamente en casa. En ese suspiro se agotan las últimas energías que reservamos para ese viaje y se renuevan, con grandes esperanzas, las que conseguimos para recomenzar en nuestro lugar.

El suspiro que se deja en tierra ajena instantes después de entregar a la azafata el boleto de regreso esconde algunas lágrimas de angustia pero muchas más de tranquilidad. Y es esa tranquilidad la que nos lleva de regreso a casa, con una sonrisa dibujada en las entrañas y una canción que puede entonar sólo quien conoce y respeta el himno a la libertad.

El viaje de regreso está marcado por la luna, por las nubes que por debajo de ella cruzan sin pedirle permiso y por las luces que a lo lejos van empequeñeciendo. Se siente a medida que van pasando los árboles y los faroles, mientras las rutas cambian de nombre y el camino hasta entonces recorrido se transforma en un recuerdo, en un pasado que, por suerte, ya no es presente.

Volver no tiene precio cuando el destino del viaje se siente propio.

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