domingo, 28 de noviembre de 2010

Necesidad.

El avión despega, dibujando tras de sí una nostálgica estela. Polvo blanco de suspiros. Ella en los cielos. Él con los pies en la tierra.
Y llega esa primera noche. Separados. A cientos de kilómetros. En dos habitaciones. En dos camas distintas. Bajo sábanas diferentes.
Son las circunstancias de la vida las que te ponen a prueba. Son momentos difíciles. Momentos en los que debes hacer unas cosas pero piensas en otras. Momentos en que sin saber cómo evitarlo te invade una profunda tristeza. Y suena una canción que le recuerda a ella. Le recuerda que no está. Que se ha ido. Que quién sabe qué estará haciendo en ese instante en el que él no puede dejar de pensar en sus ojos, en su forma de reír, en sus labios. En tantas y tantas palabras dichas mientras se enamoraba.
Trata de dormir. Está cansado, tiene sueño. Pero las manecillas del reloj avanzan. Caminan en la madrugada ante su mirada empañada. Y suena otra canción, otra de las suyas. Y apaga el reproductor antes de que se vuelva loco. Ansiedad.
Boca arriba. Con las manos en la nuca. De costado. Con las manos en la cara. Boca abajo. Con los brazos estirados.
Y consulta el móvil. No llama. Cómo va a llamar si son las cuatro de la madrugada.
Va al baño. Se mira al espejo. Se echa agua en la cara. Está fría. Demasiado fría. Sus ojos regresan al espejo. Parece mayor. Desaliñado. Ojeroso. Despeinado. Ella le hace sentir mejor, pero ella está lejos ahora.
Otra vez a la cama. Enciende la televisión. Infocomerciales y estúpidos concursos para ingenuos. La apaga.
Se sienta en el borde del colchón. La echa de menos. Cómo la extraña. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Él no ha perdido nada. Y sí sabía lo que tenía. Pero sus sentimientos hoy se han multiplicado. Hasta un punto que ni él mismo imaginaba. Cosas del amor. Y es que es ese amor el que le hace sentirse enfermo. Enfermo de necesidad. Sí, la necesita. La necesita a ella.

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